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También desde un chinchorro

Monday, January 5th, 2009

Este árbol, Platero, esta acacia que yo mismo sembré, verde llama que fue creciendo, primavera tras primavera, y que ahora mismo nos cubre con su abundante y franca hoja pasada de sol poniente, era, mientras viví en esta casa, hoy cerrada, el mejor sostén de mi poesía. Cualquier rama suya, engalanada de esmeralda por abril o de oro por octubre, refrescaba, sólo con mirarla un punto, mi frente, como la mano más pura de una musa. ¡Qué fina, qué grácil, qué bonita era!

Juan Ramón Jiménez

Nuestra tierra, que es todo el planeta, deviene ya-no. Hablemos pues un poco del llano, de la gota ínfima de sentido que pude de él recibir -por incapacidad mía, no por falta de diligencia suya. Siento la pequeña parte que conocí del Meta y del Casanare como una parte de fractal; o, si se quiere, como una mónada, que refleja en sí la totalidad del universo. Quizá este sentimiento venga de la estructura de las plazas, siempre con marcada centralidad de poderes: iglesia, alcaldía,  bancos. Conocer una plaza central de pueblo colombiano (en algunos llamada “parque” para no confundirla con el mercado) es casi como conocerlas todas.

Muy poco logré saber de la violencia en la zona por los pocos pobladores con los que conversé. Por más que mi amigo diga que los llaneros no hablan de una pero que si uno pregunta se sueltan, me parece que hay mucho ya-no que prefieren callar. Este callar de un pueblo lo sentí con mayor fuerza en el Morichal donde, 31 de diciembre, sólo una casa tenía algo de música, y tan sólo en cinco vi gente, una de esas en la que me encontraba. Este pueblo, terriblemente afectado por la violencia paramilitar, sonaba a olvido. Hay silencios de silencios, es verdad, y no puedo más que leer en mí; y aunque a veces hay silencios de recuerdos, de nostalgias, hay también silencios de olvidos. Allí sentí algo de olvido: quizá porque un recuerdo imborrable, como un gran amor o un gran dolor, nos hace olvidarnos incluso de nosotros mismos. Pocas palabras, mucho sentido.

Fue igual en Aguazúl, pese al alboroto, al pavimento, a la iluminación y a la pulcritud; sentí este mismo callar. Lo sé: quizá las preguntas fueron insuficientes, las conversaciones superficiales, breves y esporádicas, como suelen ser; pero en nuestros sentidos cargamos también el preguntar. Teniendo en mente lo oído y lo visto sobre la violencia en estos municipios sentí que había pasado un río; como si el agua se hubiera llevado toda la mugre, como si se hubiera “limpiado” el pueblo… y ya sabemos que el agua, como el tiempo, no deja rastro de lo que de verdad se lleva. Pero fue siempre una sensación de presente, de átomo fracturado, de tensión de instante: pasado que ya no es, presente que ya no será.

Sentí, como Abad Faciolince, una constante pérdida: a cada segundo el llano hermoso, también selvático en el piedemonte, esplendoroso en fauna, desaparece para nuestros hijos y para nosotros mismos. Desde el chinchorro la sensación era esta misma: un río que se lleva todo a su paso; un río de oro negro que calienta el agua hasta acabar con su vida, que tumba selva para plantar palma, que desvía ríos para hidratar estos nuevos cultivos, mientras comunidades enteras se empobrecen y sufren. Y, lamentablemente, este río, esta corriente imponente, que parece irremontable, es seca como aquel caño: “caño seco” es también la imagen del ya-no.

Mientras se tumba más selva y más bosque para sembrar más palma de la que se puede vender, palma que por sobreoferta y por los juegos del precio del petróleo, se almacena, cuyo aceite además causa desastres naturales en otros lugares -como en Taganga-, todos callamos. Que el ministro de agricultura otorgue y otorgue licencias para la siembra de elaeis guineensis a nadie le importa; que nadie controle suficientemente el transporte de su aceite, ni los cultivos, parece una cosa menor, como todos los defectos del gobierno. Pequeñeces todas.
EMPERO: este fractal con estructuras de violencia, miedo, olvido, silencio y palma tiene también bellos los colores. Estos colores, carne de tales estructuras, somos también nosotros: los hijos de la tierra; los que tienen la sangre roja por tanto hierro, como la tierra más ferrática.

¿Qué tiene que pasar para que comencemos a ser fieles al sentido de la tierra y pongamos por encima del dinero un futuro distinto, uno en que entendamos que el único amarillo verdadero está en el azul de río y en el rojo de venas vivas? De ahí: el verde que a hierro de azadón, agua de todos y luz de sol, puede surgir de nuevo para todos, para nosotros y para los otros también.