Es difícil tener una posición política: son muchos temas, muy delicados y con frecuencia queremos evitar el error postergando el juicio. Sin embargo, tan malo para la democracia es ser uiribista como liberal, como “polista”, “oenegero” (una expresión con la que hace poco me encontré), “petrista”, o lo que sea, si no se hace por convicción abierta a revisión. Toda suscripción irreflexiva a un grupo es viciosa para la política. Soy liberal, luego apoyo X, Y y rechazo Z; lo contrario si soy uribista, y no sé qué apoyo si soy un cualquiera irreflexivo feliz con poder salir a gastar unos pesos invirtiéndolos en una “hembrita”.
Sólo tiene sentido la suscripción a un grupo, político o de cualquier tipo, cuando está claro aquello que lo define, lo que funciona como principio de cohesión, de organización. Son las tesis, las posiciones claras, las que promueven la unión y con ello se favorece incluso la campaña. No hace falta decir nombres, pero es importante el énfasis que este maestro en lides de reflexión política, ha puesto sobre los partidos y sobre la participación a través de ellos en la política. Si no son claras las posturas de un partido a de un político –es decir de un representante- entonces resulta imposible apoyarlo o suscribirse. Por eso es tristísimo que se permita el “voltearepismo” o “transfugismo” como lo ha hecho este gobierno.
Entiendo bien la molestia de Cecilia López con que el partido liberal haya recibido al presidente del congreso, que venía de la coalición de gobierno. Tiene razón al polemizar al respecto por cuando el liberal se ha presentado como partido de oposición. Con el trasfugismo hay que preguntarse: ¿dónde queda la coherencia? Siendo peligrosa la suscripción a un grupo, es en algún grado necesaria a la hora de la práctica política: nada llega solo al poder, y por obvias razones no puede haber una representación uno a uno. Siendo nuestra política representativa, debemos procurar encontrar aquella representación que sea justa con nuestro pensamiento y nuestras más fundamentales opciones vitales. No es poco lo que está en juego.
¿Quién puede representarte respecto de tu pensar y sentir sobre consumo de droga, aborto, libertad, seguridad, independencia del poder, separación de poderes, tu visión de Colombia, de Bogotá, de tu localidad, de tu barrio, de tu edificio? ¿Quién juzga con una escala de valores semejante a la tuya: para quién prima la seguridad sobre la libertad, si es el caso, para quién debe ser lo contrario; quién enfatiza en la soberanía nacional por encima de los acuerdos y las deudas por ayuda extranjera, si es el caso, para quién debe ser al contrario; quién anula la autonomía de la mujer sobre su cuerpo, por una supuesta ley de Dios, si es el caso, quién por el contrario cree que la mujer debe poder decidir sobre su cuerpo y sobre la vida que crece en ella; cuáles son aquí los casos, cómo los asumen, cómo los anticipan, etc., etc., etc. (e incluso repitiéndolo cabe cerrar …)?
Que es complicado tener una posición política y juzgar, totalmente de acuerdo; pero es necesario. La política, como complejo de dispositivos de decisión colectiva sobre los modos de vida deseables y admisibles, hace parte de lo que es ser humano y vivir en común con otros. No dejamos de lado nuestra participación y responsabilidad política sin perder también un poco de nuestro ser humano.
Sea ésta pues la invitación serena a la resistencia y a la oposición: no a este gobierno -cosa por lo demás justa para quien valora la Constitución- sino resistencia a la tendencia a la banalización de la política; oposición a la mediocridad de la vida en común que pone a otros a decidir sobre los asuntos que nos son urgentes a todos, dándole la representación a cretinos que hoy están en un partido y mañana, súbitamente, sin pena y, a veces, con gloria, con el contrario.
Hoy resistir y hacer oposición significa también pensar por sí mismo; valorar la importancia de la política como terreno de decisión de los lineamientos de la vida en común. Soy oposición cuando la oficialidad propone restringir las libertades que me son esenciales, que siento importantes para mí, y que el acuerdo fundamental, la Constitución, ha consagrado hace tiempo ya.
La invitación es a apostarle a las reglas del juego político: a la Constitución política y ajustarnos a los mecanismos apropiados para su modificación, tanto como castigar políticamente la ilegalidad de su modificación, y promover el castigo legal a su violación. En resumen: hoy invito a hacer política en el sentido de procurar un compromiso reflexivo con tesis y no con personas, con leyes y no con los mesías; siempre con la Constitución siempre y cuando se mantenga ésta orientada a los más altos ideales. ¡A la práctica armados con la más poderosa arma de construcción masiva: la palabra!